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AL LLEGAR EL DÍA DE PENTECOSTÉS...

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.”. Hch2,1-4.

Cincuenta días después de la pascua, como Iglesia, también nos encontramos reunidos para celebrar la fiesta de Pentecostés, la cual es la manifestación del poder del Espíritu Santo, la comunicación del Don supremo de Dios, su Amor, el Espíritu de vida. Hoy como cristianos recibimos también el aliento que nos da Jesús (Cf Jn 20,22), ese aliento es la fuerza del Espíritu Santo (Cf, J. Ratzinger, El Dios de Jesucristo). Celebrar en la Iglesia esta solemnidad de Pentecostés es sentir el aliento, consuelo y fuerza de Dios, pero, como la primera comunidad cristiana, debemos estar juntos, la comunidad que se separa, que no se reúne a orar, no recibe el fuego del Espíritu.

Nos narra Hch 2,2 “Se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa en que residían”. Para afirmar que el Espíritu Santo proviene únicamente del cielo al igual que Jesús. El Verbo eterno, el unigénito de Dios bajó de los cielos a compartir nuestra humanidad, así también el Espíritu Santo vine en ayuda de nuestra debilidad (Cf Rm 8,26).

Como una ráfaga de viento se derrama sobre la primera comunidad cristiana, ¿Qué viene a hacer, por qué esta imagen tan dinámica del viento? Porque vine a mover la vida de esos que se encontraban encerrados. Sin embargo, aunque es impetuosa su presencia, viene también a llenar de calma cada corazón y todo el lugar en el que se encontraban. El Espíritu Santo hace que la comunidad que estaba encerrada por miedo a los judíos, salga a comunicar las grandezas del Señor.

El Espíritu Santo se posa también sobre cada uno de nosotros para que quedemos llenos de Él. En la época apostólica, la Iglesia no podía iniciar su misión de dar a conocer las grandezas de Dios porque les faltaba algo, después de quedarse sin su maestro les faltaba un consolador, les faltaba quien les quitara el miedo, quien les abriera las puertas que no los dejaba salir, quien los moviera, quien les diera fuerza. Cuando se cumplió la promesa de Jesús y desciende sobre ellos el Paráclito, salen con un poder desbordante, que no pueden contener. Nosotros ya hemos recibido el Espíritu Santo desde nuestro bautismo, Él se ha posado también sobre nosotros, pero preguntémonos si hemos sido dóciles a sus inspiraciones y pidámosle que renueve su fuego en nuestros corazones para poder hablar a los demás de las maravillas de Dios.

El Papa Benedicto XVI en su libro el Espíritu Santo en pentecostés dice: “Por lo tanto, no hay Iglesia sin pentecostés. Y quiero añadir: no hay pentecostés sin la virgen María”. Nuestra madre que dijo si, que perseveraba en la oración, ella ya había recibido el gozo del Espíritu Santo, el día de la Encarnación, en pentecostés recibió el consuelo del Padre, fue cubierta con el fuego de Dios y hoy nos acompaña e intercede para que como comunidad creyente dejemos que el Espíritu Santo haga su obra en cada uno de nosotros.

Edwin David Lagarejo
Seminarista III de Filosofía

 

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