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SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 “No han recibido ustedes un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre)”.

Nada en la vida tiene mayor valor que ser llamado hijo. Porque eso supone un padre y una madre. Supone que mi existencia no es la única ni la primera. Supone que mi ser depende de un ser superior a mí, por lo menos en vida y en existencia, es decir, de ese ser que me trajo al mundo. Pero no sólo eso, pues, ése máximo valor de ser hijo me debe llevar a reconocer, necesaria e ineludiblemente, que dependo de Otro, superior a mamá y a papá, pero no porque sea una brillantísima idea de mi parte, sino porque ese Ser, tan superior y omnipotente que es Dios, me salió al encuentro para hacerme gritar ¡Abba! (Padre). Y digo a mí, asumiendo que no soy el único ni el primero en existir en esta vida que tenga frente a sí mismo, de manera admirable, a Dios que nos llama hijos, porque nos ha creado por amor.

El llamar a Dios Padre no es asumir el invento de una “gran o torpe” idea de cualquier persona que nos enseñó a decir eso, sino que es asumir que fue precisamente su Hijo Eterno quien, en cumplimiento del Plan salvífico del Padre, vino a nuestro encuentro para hacernos sus hermanos redimiéndonos del pecado y enseñarnos -con razón- a orar no sólo Abba- Padre, sino también Padre Nuestro; pues si Cristo, como verdadero Dios y verdadero hombre, nos hace sus hermanos, entonces nosotros no somos sólo creaturas por amor, sino también hijos de un mismo Padre lleno de misericordia.

No obstante, el Amor, en el encuentro que tiene con su ser amado, nunca impone su plan y, es por eso que, siempre espera una respuesta de su parte; y he aquí el gran interrogante ¿Qué tan dispuesto estoy yo de asumir, en cada instante de mi vida, a Dios Padre como mi creador y a su Hijo unigénito como mi Hermano que me enseña a decir Padre Nuestro? Tal vez tú y yo estemos dispuestos a eso, y de hecho ya lo hayamos asumido -de alguna manera- en nuestra vida cristiana, pero ¿será que me he cansado y se me agotan las fuerzas para seguir asumiendo todo ello? Pues basta, Dios no sólo vino a nuestro encuentro como Creador y Redentor -que ya es mucho- sino que nos dejó un Abogado, quien nos consuela y alivia llenándonos de sus dones para ser felices plenamente en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, quien nos santifica y nos hace decir no sólo Abba-Padre y Padre Nuestro, sino que también nos hace decir desde nuestro corazón y con razón: ¡Jesús es Señor!, esto para gloria de Dios Padre.

Pero esta felicidad que nos da el Espíritu Santo, de ser hijos adoptivos de Dios Padre por Jesucristo Redentor, nos debe inevitablemente llevar a ser y hacer eficaz el mandato del Señor: “Vayan pues y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Porque la fe se enriquece cuando se comparte el encuentro que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo ha tenido con cada uno de nosotros.

Seminarista Fabián Fernando Ico, I de Teología.

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