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La Asunción de la Virgen Santísima...

¡NO HABRÁ COMO TÚ SEGUNDA, AUNQUE OTROS MIL MUNDOS HAYA!

Evocar la imagen de la Madre de Dios es, sin duda, una de las características que más prevalece en el acontecer cristiano. Es ella la gran protagonista después de su hijo, del  proyecto salvífico trazado por Dios para unir la divinidad con la humanidad.

 

 

Hoy la Iglesia universal hace memoria de ese gran acontecimiento acaecido en 1950, bajo el Papado de Pio XII. Donde se declaró y definió que la Bienaventurada Virgen María «terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». Todo ello se da  debido  al anhelo de inmortalidad que acucia el corazón del hombre, lo cual parece una lejana e imposible utopía.

Aunque para muchos cristianos esto puede parecer una lejana utopía, sabemos que es una realidad, y dicha realidad tiene sus fundamentos inicialmente en Cristo Jesús, quien resucitó como primicia de todos los que han muerto. Y  hoy en esta celebración podemos también decir que la Virgen Maria, la Madre de Dios y los hombres, se hace partícipe de esa primicia, y que cuando vislumbremos la parusía de nuestro señor Jesús todos los cristianos también lo seremos por participación en él. 

Es así que para nosotros hoy, y todos los años en que celebramos este gran acontecimiento, no puede ser un día normal; es un día en que vivimos unidos a una celebración muy especial: celebramos los pequeños milagros de lo cotidiano, la fuerza incontenible para cambiar el mundo de la gente humilde y sencilla, la generosidad de los que apenas tienen nada, la maravilla de quien dice ¡Sí! “complicándose la vida” sin remedio, cuando lo fácil hubiese sido decir ¡No!

Hoy celebramos que en la humildad, la generosidad y la alegría de María, se hizo realidad la historia de la salvación de todos nosotros. Porque si no hubiese sucedido tal como aconteció en esta única mujer en un tiempo, lugar y contexto histórico, estaría en duda la garantía de nuestra salvación. Pues es inconcebible que aquella que no conoció el pecado, “cuya paga es la muerte”, conociera la corrupción de la carne.

En definitiva, hoy resuenan las palabras que ella proclamó en su canto de alegría. ¡El Señor ha hecho obras grandes en Mí, dichosa me dirán todas las generaciones! Y nosotros, unidos a ella, también aguardamos la esperanza que a nuestro cuerpo corruptible le sea comunicada la gloria del cuerpo de Cristo, y así seamos un cuerpo espiritualizado.

 

Seminarista

Jorge Leonardo Cordero Guerrero.

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