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¡OH TEMPLO EN EL QUE CRISTO SE HIZO SACERDOTE!

Desde la cruz, Jesús entregó a María como Madre de toda la humanidad. Y esta relación de maternidad se expresa de modo particular hacia todos aquellos hombres y mujeres que quieren entregarse a su hijo radicalmente, bajo una consagración especial (vida sacerdotal, religiosa, misionera).

 

 

Es allí, en ese templo humilde, en el cual reconocemos la inmensa grandeza de Dios, en el vientre bendito de María, donde humanamente se dio vida al Sumo y Eterno Sacerdote, Aquel que inauguró la nueva alianza, y junto a Él, a todos los que participan del mismo Sacerdocio.  Es María pues aquella que alimentó, educó, cuidó y formó a aquel que es su Maestro. En consecuencia, ella tiene una responsabilidad especial con quienes quieren configurarse con Cristo en la vida vocacional: su compañía a lo largo de la vida, en especial en aquellos momentos de decisión vocacional; en el ejemplo de todas las virtudes que la adornan; intercediendo para alcanzar la gracia como Medianera de todas ellas; su cuidado, no permitiendo que el mal y el pecado triunfen en nuestras vidas; su guía, al inspirarnos siempre hacer la voluntad de su hijo, como en las bodas de Caná “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5); y su amor predilecto, el cual experimentamos en todo momento.

 

María, la Madre de la Esperanza, permite que como vocacionados podamos cumplir todas nuestras acciones con la única finalidad de agradar a Dios, y no al mundo. Iniciemos practicando esta bella virtud cuando despertemos, ofreciendo nuestro corazón a Dios con amor, pensando cuán grande será la recompensa de nuestra jornada, si todo lo que hacemos lo hacemos bien, con el solo objetivo de agradar a Dios.

 

 

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